Hasta el día de hoy, en los 28 países de la UE hay alrededor de 610.000 reclusos. De estos, solo 1 de cada 5 está involucrado en algún tipo de empleo, y solo el 3% de ellos trabaja para empresas o entidades externas que proporcionan ocupación (tanto dentro como fuera de la cárcel). La falta de empleo, la entrega de rutas de formación no tan fácilmente accesibles, la pérdida de autoestima y la consiguiente sensación de aislamiento son los principales determinantes de los altos niveles de reincidencia, especialmente entre las personas más jóvenes y más desfavorecidas.

El proyecto tiene como objetivo dar una respuesta a estos problemas involucrando a los detenidos en uno de los fenómenos más innovadores de la economía de las TIC: la impresión en 3D, al enfocar las habilidades necesarias para configurar y utilizar una impresora en 3D. De hecho, la impresión 3D desempeñará uno de los papeles más relevantes en los procesos creativos y productivos para pequeñas y medianas empresas de todo el mundo en los campos de la creación rápida de prototipos, diseño industrial, ingeniería, arquitectura, indumentaria, joyería, medicina e investigación científica. Cabe destacar que tal revolución está ocurriendo en un marco industrial europeo, donde la demanda de personal con habilidades tecnológicas apropiadas aumenta, pero no está cubierta por el mercado laboral existente.

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